La sombra impuesta: cuando el negro era plenitud
- QAFF Fundation
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En 1944, en algún lugar de Guinea Ecuatorial, la selva parecía decidida a engullirlo todo, incluyendo las intenciones de quienes afirmaban cruzarla para comprenderla. Un equipo de fotógrafos españoles avanzaba al ritmo acelerado de cámaras y cajas, surcando el dosel con flashes y la promesa de futuras leyendas. En la procesión, un porteador, Ngono Mbá, se inclinaba bajo el peso y observaba en silencio cómo empaquetaban el mundo para su envío de vuelta a Europa. Décadas después, sería él quien relataría la expedición, pero sin leyendas, sin etiquetas de museo, sin las tranquilizadoras voces en off: con sus propias palabras y bajo su propia luz.
Esta inversión, del objeto observado al sujeto que observa, es el eje central de esta primera entrega de una serie dedicada a la negritud en el cine africano, a este tránsito de la sombra impuesta a la luz elegida. Negro como materia, negro como cosmología, negro como insulto y como reconquista. Negro, sobre todo, como campo de batalla visual, donde se juegan siglos de dominación y la lenta conquista de la autodeterminación.
El negro antes de la violencia
Antes de que Europa comenzara a medir, clasificar y jerarquizar cuerpos y colores, el negro ocupaba un lugar radicalmente diferente en muchas cosmogonías africanas. No era vacío ni amenazante, sino densidad, poder y un comienzo potencial. En las tradiciones yoruba, Eshu-Elegba, la deidad de la encrucijada y la comunicación, se viste de negro para simbolizar una fuerza espiritual que dificulta cualquier intento de categorización. Mami Wata, el espíritu de las aguas, reina en las oscuras profundidades del océano, donde se entrelazan secretos, riquezas y miedos.
Esta intimidad con el negro también se evidencia en los textiles. En Mali, el bogolan, literalmente tela de barro, obtiene sus negros profundos de fermentaciones pacientes, del barro trabajado que se convierte en símbolo de fertilidad y conocimiento, más que de suciedad. En Ghana, el kente incorpora el negro como el color de la madurez espiritual, una marca de sabiduría adquirida, más que una amenaza latente. La noche, en muchas culturas, no es simplemente un escenario de angustia: es el momento oportuno para la transmisión del conocimiento ancestral, cuando las historias circulan a la luz del fuego y lo invisible se revela como una presencia.
En ese mundo, el negro no es un agujero en la luz, sino una plenitud: profundidad, misterio fértil, una reserva de significados. La ausencia vendrá después.
Cuando la sombra se convierte en mandato
El cambio se produce con precisión administrativa. La trata transatlántica de esclavos arranca a millones de personas de sus tierras, sus lenguas y sus cosmovisiones, y las amontona en la oscuridad de las bodegas de los barcos negreros. En esta noche saturada de olores, cadenas y gritos, la negritud adquiere otro registro: se convierte en sinónimo de muerte social, en palabras del sociólogo Orlando Patterson. Ser negro es ser reducido a una mercancía, un cuerpo contable, una silueta en un registro de propiedad.
El colonialismo completa esta reconfiguración semántica. El cine, una nueva máquina de fabricar verdades aceptadas, interviene rápidamente: desde la serie de televisión Tarzán hasta los documentales etnográficos "científicos", las pantallas congelan a los africanos en un imaginario de primitivismo, infantilización e inferioridad. Los "zoológicos humanos" y las exposiciones coloniales, por su parte, muestran los cuerpos negros como curiosidades, objetos de la mirada, nunca sujetos de observación. La construcción del mundo colonial se basa tanto en estas imágenes como en las armas: impone lentamente una ecuación perversa en el mundo, donde la negritud se convierte en sinónimo de oscuridad, salvajismo y ausencia de civilización.
La sombra deja de ser una elección cosmológica para convertirse en una tarea política. Ya no nos refugiamos en ella para meditar: estamos relegados a ella.
Sembène Ousmane, o el primer rayo
1966, Dakar: en los muelles, aún se encuentran estibadores cuyos cuerpos, a su manera, narran la violencia de los intercambios desiguales. Uno de ellos, un exestibador convertido en escritor, decide capturar otro tipo de carga: imágenes. Se llama Ousmane Sembène, y su primer largometraje, Black Girl, tendrá un impacto duradero en la historia del cine africano. La película narra la historia de Diouana, una joven senegalesa empleada por una pareja francesa que la trata como a una sirvienta, sin derechos, sin voz, casi sin rostro.
En el apartamento blanco, meticulosamente decorado, una máscara africana cuelga de la pared como un trofeo exótico. La escena en la que Diouana, humillada y desposeída, alza la vista hacia esta máscara y se encuentra con su mirada fija sigue siendo una de las más impactantes del cine mundial. La máscara la mira, y en este simple intercambio de miradas, algo se resquebraja: el monopolio visual del colonizador se tambalea. El telón de fondo de dominación, este objeto reducido a un mero símbolo decorativo, se reactiva repentinamente como un sujeto silencioso, testigo de una historia que la propia decoración busca borrar.
«Yo soy la cámara », declara Sembène. La frase, breve como un manifiesto, significa recuperar el control sobre el propio aparato visual. A partir de ahora, ya no se trata simplemente de colocar cuerpos negros frente a una cámara, sino de poner la cámara en sus manos. Los africanos ya no serán simplemente observados: observarán, contarán historias y decidirán cómo circulan sus imágenes.
Liberación a través de la lente
Sembène no es una excepción aislada, sino la punta de lanza de un movimiento más amplio. En las décadas de 1960 y 1970, cuando los países africanos conseguían una independencia política que a menudo era más proclamada que garantizada, los cineastas exigían otra forma de independencia: la independencia visual.
Med Hondo analiza la violencia neocolonial y sus continuidades con el antiguo orden. Sarah Maldoror filma las luchas de liberación, convirtiendo la cámara en una compañera de guerrilla en lugar de una mera herramienta ilustrativa. Djibril Diop Mambéty, por su parte, rechaza los marcos narrativos occidentales y ofrece un cine poético, elíptico y alegremente subversivo, donde se percibe que la propia narrativa intenta escapar. En 1975, el Manifiesto de los Cineastas Africanos, adoptado por la FEPACI, dio voz a esta efervescencia: el cine africano no debe ser un mero entretenimiento, sino una herramienta de sensibilización.
Las metáforas se tornan más duras: hablamos de una «cámara-pluma» cuando la imagen se convierte en escritura, de una «cámara-pistola» cuando se convierte en un arma de descolonización mental. Cada película se presenta entonces como un acto de resistencia, una afirmación de la existencia, una reivindicación de dignidad en un lenguaje que el mundo dominado conoce de sobra: el lenguaje de la imagen.
Las grietas en el muro de sombra
La sombra colonial no se limitó a cubrir el mundo con un velo uniforme: se impuso con violencia metódica, documentada en archivos, películas, museos y libros de texto. Sin embargo, ya en la década de 1960, comenzaron a aparecer grietas en esta oscuridad impuesta. La luz no brotó en un solo gesto heroico; se filtró, fragmentada, a través de multitud de obras, acciones y voces.
El cine africano, en toda su diversidad, se embarca en un largo proceso de deconstrucción de las representaciones coloniales y, simultáneamente, de reconstrucción de un imaginario autodeterminado. No se trata simplemente de corregir clichés, sino de proponer otras miradas, otros ritmos, otras economías de la atención. La noche vuelve a ser un espacio para la narración, el negro una textura y no un veredicto.
Este texto es solo el primer paso de un viaje más amplio. Los siguientes artículos explorarán la relación de esta revolución visual con la literatura, cómo los cineastas africanos están inventando nuevas estéticas de la negritud, cómo imaginan futuros plurales y contradictorios, y cómo estos gestos creativos están transformando no solo el cine, sino nuestra propia forma de conocer el mundo. La serie «NOIR: De la sombra impuesta a la luz elegida», desarrollada en el marco del Quibdó África Film Festival, nos invita a profundizar en este cambio de perspectiva descubriendo las películas aquí analizadas y las que las rodean, en las salas de cine, no en los escaparates.



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