La espalda que habla: NEGRO, de la sombra impuesta a la luz elegida
- QAFF Fundation
- 28 mar
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Hay cosas que el mundo tarda cuatrocientos años en decir y luego las dice en una tarde.
El 25 de marzo de 2026, en un salón de Nueva York decorado con las banderas de ciento noventa y tres países, cada una con su propia historia de lo que prefiere no recordar, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución declarando la trata transatlántica de africanos esclavizados como el crimen más grave contra la humanidad. Aplausos. Algunos delegados se pusieron de pie. Afuera, en la Primera Avenida, un camión repartía agua embotellada.
Ciento veintitrés países dijeron sí. Tres dijeron no. Cincuenta y dos, entre ellos todos los miembros de la Unión Europea, el Reino Unido, Australia y Japón, eligieron la abstención, ese gesto diplomático que traduce con precisión la postura moral de quien considera que reconocer un crimen histórico es, en el fondo, una cuestión de timing.
La resolución, conviene aclararlo, no es jurídicamente vinculante. Nadie pagará nada. Nadie devolverá nada. Ningún museo londinense recibirá una carta certificada exigiéndole que empaque. Es, en el lenguaje de los organismos internacionales, una declaración de principios, que es la forma educada de decir que el mundo está de acuerdo en que algo estuvo muy mal, siempre y cuando ese acuerdo no implique consecuencias concretas para nadie en particular.
Y sin embargo. Las palabras hacen cosas. Incluso las palabras sin dientes.
Existe una fotografía de 1863 que conviene mirar antes de continuar.
Un hombre de espaldas, sentado en una silla, con esa postura ambigua de quien posa para la historia aunque nadie le haya preguntado si quería. Circuló por todo el territorio de los Estados Unidos durante la Guerra Civil. Se reprodujo en periódicos, en panfletos abolicionistas, en las manos de quienes necesitaban una imagen que dijera lo que las palabras no alcanzaban a decir. Fue, en el lenguaje de su época, viral.
Lo llamaban Peter. También Gordon. También, con esa ternura condescendiente que el inglés victoriano reservaba para las víctimas que le resultaban útiles, Poor Peter, el pobre Peter.
Pero Peter no era su nombre.
Peter era el nombre que le habían dado sus esclavizadores en la plantación de John & Bridget Lyons en Louisiana, un nombre de trabajo, un nombre de registro, un nombre de inventario. Su nombre verdadero, el que su madre le dio, el que correspondía a su linaje, a su pueblo, a la lengua en que aprendió a nombrar el mundo antes de que el mundo decidiera renombrarlo, ese nombre no sobrevivió. El sistema se encargó de eso también, con la misma eficiencia con que se encargó de todo lo demás.
Sabemos que escapó en 1863. Sabemos que caminó durante diez días para llegar a un campamento de la Unión. Sabemos que lo fotografiaron tres veces ese mismo día: de frente, de perfil, de espaldas. Sabemos que las imágenes recorrieron el mundo. Lo que no sabemos, lo que nunca sabremos, es de qué región de África vinieron sus ancestros, qué lengua hablaban, a qué pueblo pertenecían, qué nombre llevaban antes de ser convertidos en mercancía atlántica.
Es una pérdida que no tiene dimensión jurídica. Ninguna resolución de la ONU puede legislar sobre ella.
Lo que recorre la espalda de Peter, su nombre de trabajo, su nombre de archivo, podría confundirse, en un primer instante, con escarificaciones. Y esa confusión no es trivial, porque la escarificación en las culturas del África subsahariana de donde sus ancestros fueron arrancados es un acto profundamente sagrado: la piel como texto, como memoria genealógica, como declaración de pertenencia al mundo. Marcarse es decir yo vengo de aquí con una permanencia que ningún documento puede garantizar y ningún amo puede confiscar.
Pero esas marcas no fueron elegidas.
Son queloides. Son el resultado de un látigo aplicado con suficiente fuerza y suficiente frecuencia como para que el tejido cicatrizal se acumule, se eleve, se ramifique como ríos sobre un mapa. Son la firma de Thomas Turner, el capataz que se los infligió. El colonialismo, en su eficiencia siniestra, no solo esclavizó cuerpos: profanó los lenguajes con que esos cuerpos se nombraban a sí mismos. Tomó el mismo territorio, la piel, donde una cultura inscribía su dignidad, y lo convirtió en el soporte de su humillación. Esto no fue accidental. Fue una violencia con criterio. Una violencia que sabía exactamente lo que profanaba.
Peter lo sabía también. Por eso su espalda está erguida.
Los países que se abstuvieron el 25 de marzo emitieron comunicados explicando sus reservas jurídicas. La Unión Europea señaló que el uso del superlativo 201cmás grave201d introduce una jerarquía entre crímenes contra la humanidad sin respaldo en el derecho internacional vigente. Es un argumento técnicamente interesante. Es también el tipo de argumento que solo puede formularse con comodidad desde cierta distancia geográfica y temporal respecto a los hechos en cuestión.
Los Estados Unidos declararon que no reconocen un derecho legal a reparaciones por hechos que no eran ilegales bajo el derecho internacional en el momento en que ocurrieron. Lo cual es verdad, en el sentido en que también es verdad que las normas las redactaron, durante siglos, exactamente los mismos que se beneficiaban de lo que esas normas no prohibían. La lógica es impecable. El subtexto, elocuente.
Mientras tanto, en algún lugar de lo que hoy es Nigeria, o Ghana, o Senegal, o el Congo, nadie sabe exactamente dónde, porque nadie se molestó en registrarlo, existe un linaje que perdió a uno de los suyos hace más de doscientos años y nunca supo adónde fue.
En Quibdó, una ciudad del Pacífico colombiano con pocos cines comerciales, en el departamento con mayor proporción de población afrodescendiente del país, un festival de cine lleva ocho ediciones preguntándose qué significa mirar. No como metáfora. Como pregunta operativa, política, urgente. ¿Quién produce las imágenes? ¿Quién tiene acceso a ellas? ¿Y quién decide, en última instancia, qué historias merecen convertirse en luz sobre una pantalla?
NEGRO, el tema que guía esta octava edición del Quibdó África Film Festival, no es una paleta de color ni una declaración de melancolía. Es una postura epistemológica: de la sombra impuesta a la luz elegida. Porque hubo una oscuridad que fue asignada, la del borramiento, el estereotipo, la mirada que redujo un continente y su diáspora a objeto de lástima o de exotismo, y hay una luz que se elige, que no espera resoluciones, que no necesita que ciento veintitrés países levanten la mano para saber que tiene derecho a existir.
Peter o como se llamara realmente, fue fotografiado tres veces en un solo día en 1863. Sus imágenes viajaron más lejos que él jamás pudo. Su espalda se convirtió en argumento, en símbolo, en prueba. Le usaron el cuerpo para una causa que era justa pero que tampoco le preguntó su nombre verdadero.
Hoy, más de ciento sesenta años después, seguimos sin saber cómo se llamaba.
Esa es la herida que ninguna resolución, por histórica que sea, ha sabido todavía cómo nombrar.
Quibdó África Film Festival 8ª edición
14 al 18 de septiembre de 2026 · Quibdó y Bogotá





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