La oscuridad elegida: hacia otras maneras de saber
- QAFF Fundation
- 20 feb
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Seis textos después, el recorrido comienza a dibujarse. Hemos seguido el negro desde las cosmogonías africanas, donde era plenitud, hasta las salas de proyección donde el colonialismo lo redujo a una ausencia, antes de ver la cámara pasar a otras manos, de Sembène a Wanuri Kahiu, de Kerry James Marshall a Sun Ra, del Atlántico-cementerio al Atlántico-corredor. Queda una pregunta, la más vasta y la más discreta: si se cambia la manera de filmar y de pintar el negro, ¿no termina uno también por desplazar lo que se llama 'conocer'?
El conocimiento, siempre en algún lugar
El universalismo occidental gusta de presentarse como un punto de vista que no lo sería: neutro, objetivo, válido en todas partes, vista panorámica desde ningún lugar. Pero detrás de ese tono de altura se esconde una operación más simple: una perspectiva local, la de Europa occidental erigida en norma de referencia. Las grandes dicotomías que estructuran ese pensamiento razón contra emoción, espíritu contra cuerpo, cultura contra naturaleza, civilización contra salvajismo no son evidencias naturales; han servido, muy concretamente, para jerarquizar a los seres humanos. La razón, el espíritu, la cultura, la civilización de un lado; la emoción, el cuerpo, la naturaleza, el salvajismo del otro.
Las epistemologías africanas, en cambio, parten de otro lugar. Ubuntu "soy porque somos" rechaza al individuo autosuficiente, aislado de sus vínculos. Sankofa, ese pájaro akan que avanza mirando hacia atrás, establece como principio que el futuro se construye en diálogo con los ancestros y las huellas dejadas. Édouard Glissant, con su "pensamiento de la traza", reivindica el derecho a la fragmentación, a los relatos no lineales, antes que a una coherencia forzada que pretende explicarlo todo. Estas maneras de pensar no vienen a "completar" lo universal occidental: revelan que él también está situado, que habla desde un lugar preciso, en una época precisa. No existe mirada desde ningún lugar.
La opacidad, o el derecho a no decirlo todo
Glissant formuló una frase que regresa como un estribillo en este debate: "Reclamo para todos el derecho a la opacidad." No es solo una elegancia poética; es una bomba bajo cinco siglos de ciencias coloniales. El colonialismo, en efecto, estuvo acompañado de una exigencia de transparencia total: verlo todo, medirlo todo, clasificarlo todo. La antropología recortaba las culturas en categorías, la etnografía transformaba los saberes en datos, la fotografía alineaba los cuerpos en "series documentales". Ser colonizado era también ser vuelto enteramente legible a la mirada del otro.
Ahora bien, quien ve sin ser visto detenta el poder. La transparencia, en este contexto, no es virtud moral, sino técnica de control. Glissant invierte el gesto: hace de la opacidad una forma de resistencia. El derecho a no ser completamente comprendido. El derecho a guardar secretos, zonas de silencio, misterios que nunca serán traducidos integralmente al exterior.
Esta opacidad no tiene nada que ver con el oscurantismo. Reconoce simplemente que ciertos saberes no pueden poseerse como se posee un archivo, sino solo aproximarse por relación, por inmersión, por participación. No se "comprende" una cosmología sobrevolando un libro de etnología; se entra en ella participando en los rituales, viviendo con quienes la portan, aceptando que no todo estará nunca disponible. Cuando una película como Touki Bouki se niega a explicar sus símbolos al espectador extranjero, pone en práctica este principio: una parte del sentido permanece opaca, y eso no tiene nada de defecto.
Las epistemologías negras como caja de herramientas
En un momento en que se acumulan crisis ecológica, saturación digital y fatiga generalizada hacia los grandes relatos occidentales, estas epistemologías negras se parecen cada vez más a una caja de herramientas. Sobre la ecología, primero: las cosmologías que se niegan a separar radicalmente a humanos y no humanos proponen otras maneras de habitar la Tierra. Si un río es un ancestro, si un bosque es una comunidad, si un animal es un pariente, la destrucción medioambiental deja de ser un simple "daño colateral" para convertirse en un acto de ruptura ontológica.
Sobre la tecnología, las tradiciones comunitarias ofrecen un contrapunto a la atomización inducida por ciertos dispositivos digitales. Las tontinas, esos sistemas de ahorro colectivo, muestran que es posible pensar redes financieras fundadas en la confianza, la reciprocidad, la circulación, antes que en la extracción pura.
Sobre los saberes mismos, la pluralidad de modos de conocimiento por el cuerpo que danza, por el ritual, por el sueño, por la adivinación cuestiona el monopolio de la razón instrumental. Estas prácticas no son "pre-científicas": son científicas de otro modo, atentas a dimensiones de lo real que la medida y el cálculo no capturan.
La oscuridad como elección metodológica
Hemos regresado así a nuestro punto de partida, pero con un ligero desplazamiento. La oscuridad, que fue impuesta como un espacio de relegación, puede convertirse en un espacio que se elige. El negro, que fue estigmatizado como carencia, puede cultivarse como plenitud, como saturación, como refugio.
Transpuesta al dominio del conocimiento, esta idea tiene implicaciones precisas. En lugar de querer iluminarlo todo con una luz violenta, se trataría de preservar zonas de sombra, espacios donde la curiosidad coexiste con el respeto. En lugar de buscar explicarlo todo, aceptar que ciertos misterios persisten, no por pereza, sino por principio. En lugar de exigir la transparencia del otro, reconocer su derecho a la opacidad como condición mínima de la relación.
La oscuridad elegida no es ignorancia. Es una sabiduría que sabe que no se puede saberlo todo, y que ciertos conocimientos se ganan lentamente, en la paciencia y la proximidad, antes que en la extracción rápida.
El viaje no termina, cambia de manos
Al llegar al sexto artículo, podríamos sentirnos tentados a concluir, a trazar una línea neta: de la sombra impuesta a la luz elegida, de los zoológicos humanos al Quibdó Africa Film Festival, del negro como defecto a la piel negra filmada con la minuciosidad de un Bradford Young. Pero ese tipo de conclusión tranquilizadora estaría en falso raccord con el tema. El movimiento no es ni lineal ni definitivo.
Cada generación, cada cineasta, cada espectador debe rehacer el camino: decidir cómo quiere ser visto, cómo quiere verse, qué imágenes desea producir y qué conocimientos juzga dignos de ser perseguidos. El cine africano, en este marco, no es solo un campo artístico; funciona como un laboratorio epistemológico, un lugar donde se experimentan otras maneras de mirar, de narrar, de relacionar.
Esta serie se cierra en el papel, pero no en las salas ni en las plazas de Quibdó, Uagadugú, Durban o Río. Cada proyección, cada debate después de la película, cada joven que descubre, al aire libre, una historia rodada al otro lado del Atlántico y se dice "podría filmar la mía" prolonga el movimiento. El negro no es un vacío que colmar. Es una reserva de posibles, una densidad que espera ser reconocida, celebrada, cultivada. La oscuridad no es lo que huimos para entrar en la luz; es, quizás, el lugar donde se inventan las formas de luz que necesitaremos.





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